“¿Has visto cómo se pega a mí?” “Y ese, menudo siete le ha hecho al de delante. Claro que sí, ¡imbécil!” “A ver si aprendes a aparcar, inútil”. Esa persona, de lo más amable habitualmente, se ha convertido una vez al volante en una suerte de lobo feroz, agresivo y que ladra contra todos. Y no es la única persona a la que le pasa.
En mayor o menor medida a todos nos pasa o nos ha pasado alguna vez. Tal es el poder extraordinario del coche y su capacidad para hacer perder los estribos a los conductores más tranquilos.
Con anonimato y protección, somos más agresivos
Tú no serías capaz de hacer algo así. Ellos sí, porque son así. Este pensamiento, tan cotidiano que ya ni lo registramos, resume dos de los mecanismos psicológicos más documentados del siglo XX, y el coche los activa con una eficacia que pocas otras situaciones logran igualar.
El primero lo bautizó Philip Zimbardo en 1969: la desindividuación. Según su teoría, factores como el anonimato, la difusión de responsabilidad, la sobrecarga sensorial y la novedad de la situación minimizan la autoevaluación, reducen el miedo al juicio ajeno y rebajan el umbral de la inhibición de una persona. Esto le lleva a tener comportamientos que en otras circunstancias ni pensaría tener. El resultado es impulsividad, emoción intensificada y una mayor agresividad. No hace falta formar parte de una muchedumbre ni llevar una capucha que no esconda, basta con la carrocería de un coche.
Zimbardo disfrazó a los participantes de su experimento como miembros del Klu Klux Klan, con capirotes que les tapaban la cara incluidos. Los participantes, anonimizados, se soltaron. Fueron más intransigentes y agresivos.
Dentro del coche, la carrocería hace exactamente lo que el capirote en el experimento de Zimbardo. Creemos que nos separa visualmente de los demás conductores y nos y exime, o eso pensamos, de rendir cuentas por nuestra conducta. En el tráfico esto se traduce en que dejamos de ser uno mismo y pasamos a ser “el conductor”, una categoría que tiene sus propias normas.
El segundo mecanismo lo formuló Lee Ross en 1977 con el nombre de Error Fundamental de Atribución. Ross argumentó que las personas tendemos a explicar la mala conducta ajena mediante rasgos de personalidad, incluso cuando una explicación contextual o racional sería mucho más plausible. Si el de delante hace algo malo, concluimos que es mala persona. Si lo hacemos nosotros, encontramos inmediatamente una justificación, como que llevamos prisa, el carril no estaba bien señalizado, es culpa del otro, etc.
La combinación de ambos conceptos en el coche es explosiva. La desindividuación rebaja tus inhibiciones y te hace más susceptible a reaccionar de forma agresiva. El Error Fundamental de Atribución garantiza que esa agresividad quede justificada internamente: tú reaccionas a una amenaza, ellos actúan así porque son así. El ciclo se cierra solo.
Hay algo más que hace único al automóvil como escenario. Zimbardo identificó la activación del sistema nervioso como uno de los factores que aceleran la desindividuación. El tráfico genera estrés sostenido, a veces una presión por llegar a tiempo y, en general, una sobrecarga de estímulos. No es que la gente sea peor al volante. Es que el entorno convierte en probable un comportamiento que en otras circunstancias sería improbable.
Un coche es, por diseño, una cápsula de anonimato. Y es lo que explica que inconscientemente podamos dar rienda suelta a una cierta agresividad y que al volante de un descapotable, los conductores sean más amables, porque tienen la sensación de estar expuestos.
Imágenes | Silverkblack, Pavel Danilyuk
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